martes, 3 de abril de 2012

Crítica - Plan 9 del espacio exterior

Esta película de 1957 fue dirigida por el conocidísimo Edward Wood Junior, aunque no es conocido por hacer buenas películas precisamente. Muchas de sus obras encabezan las listas de peores películas de la historia y esta está considerada la peor de la historia del cine. Y es que pocas películas llegan tal extremo de cutrez.  Lo cierto es que Ed Wood no tenía mucho talento, pero ilusión no le faltaba. Le encantaba el cine de terror de los años 30, sobre todo era un fanático de Bela Lugosi, y tanto es así que relanzó su carrera antes de que muriese. Os recomiendo ver la película Ed Wood, dirigida por Tim Burton, que cuenta parte de su vida.

Plan 9 cuenta la historia de unos extraterrestres que llegan a la tierra para invadirla convirtiendo a los cadáveres en medio zombies medio vampiros, no se sabe muy bien. No hay mucho más argumento que ese. Y es que uno de los peores defectos de Wood no es tanto la falta de presupuesto sino que tenía demasiadas ideas para incluir en una única película, con lo que conseguía un rebujo de muchas cosas muchas veces sin sentido.

Pudo financiar tal locura gracias a la iglesia bautista de Beverly Hills, fíjate. La iglesia estaba dispuesta a invertir 60 mil dólares con razón de multiplicar sus beneficios para desarrollar una serie de pelis sobre la Biblia. Pusieron dos condiciones: que el protagonista fuese un joven actor de la Warner, Gregory Walcott, a quien arruinaron su carrera, y que todo el equipo se bautizase antes de rodar la peli. En su equipo había varios judíos... y Ed tuvo que convencerles. 
Pero lo más absurdo sin lugar a dudas son los gazapos que podrás encontrar si ves la peli, la cual la puedes ver directamente en Youtube, está entera. Uno de los errores garrafales de Wood eran los decorados, como no tenía director artístico tenía que improvisar. Por ejemplo, tenían que rodar una escena en la cabina de un avión. Pero montar una cabina era demasiado caro, entonces lo que se le ocurrió al bueno de Ed fue poner una cortina de fondo. La azafata no entra por ninguna puerta sino que atraviesa la cortina. Y eso no es todo. En una de las escenas un foco proyecta la sombra de un micrófono sobre la susodicha cortina.

Otro de los escenarios, la nave espacial, estaba hecha con cartones y cartulinas, y más cortinas por detrás; sin olvidarse de varios aparatos eléctricos que Wood y sus amigos robaron en una obra. Los platillos eran llantas de coche movidas con hilo, aunque bueno, si ves la peli eso ya se nota. Otros errores incluyen alternancias entre el día y la noche en una misma escena, un actor que se nota que está leyendo de un papel pegado al suelo, un coche que cambia de modelo de un plano a otro… Ese tipo de errores.

Una figura importante en la vida de Wood fue Bela Lugosi, archiconocido por protagonizar muchas de las mejores películas de terror de los años 30. Wood le conoció cuando la carrera de Lugosi había caído en picado. Al borde del suicidio, Wood le apartó de las drogas y le animó a que protagonizará varias de sus películas. Lugosi murió poco antes de empezar Plan 9 y el bueno de Ed usó trozos de otras pelis suyas para incluirle en el filme. Lo curioso es cómo encajó esas escenas inconexas con la trama de la película. Y es que Wood usó a su dentista haciendo de Lugosi, pero le ordenó que se tapase la cara para que no se le reconociese. Entonces tenemos a un vampiro que aparece unas veces con la cara tapada y al cambio de plano sin tapar. Totalmente hilarante. 

La película fue estrenada en Los Ángeles en marzo de 1957 bajo el nombre de Ladrones de tumbas del espacio exterior. Acabó siendo un fracaso absoluto. En 1959 la reestrenaron bajo el nombre de Plan 9 del espacio exterior. Fue otro fracaso y los productores jamás recuperaron su inversión.

Es el momento de abrir el cutrematógrafo.

11/10 – Más cutre imposible. 

Crítica - Midnight in Paris


Cualquier tiempo pasado fue mejor

En “Medianoche en París”, Woody Allen cuenta la historia de un guionista de Hollywood que llega con su novia y los padres de ésta a París. Mientras vaga por sus calles es teletransportado mágicamente a la época dorada de París, los años veinte.

En el film nos encontramos una oda a la nostalgia, al pasado, siempre con ese toque negativo propio de Allen. Y es que, en el fondo, este filme habla sobre lo inconformistas que somos con el tiempo que nos ha tocado vivir, y la añoranza de que el tiempo pasado fue mejor, pero que ya nunca podremos disfrutarlo.

Sin embargo, no todo es pesimista en la película. También se centra en la ilusión por vivir y en cumplir tus sueños, aparte de los hermosos escenarios parisinos donde transcurre todo el relato. Le dan ganas a uno de irse a París.

Lo mejor de todo, sin duda, son los cameos de personajes de la época como Hemingway, Dalí, Buñuel… Que protagonizan los mejores momentos del filme. Por decir algo negativo diré que me da un poco de pena que sus actuaciones se limiten sólo a meros gags y que aporten tan poco a la trama. Al final acaban siendo como una parodia de ellos mismos más que una auténtica recreación de aquellos años.

Otro aspecto negativo tiene que ver más con el espectador. Al igual que en todas las películas de Allen, el diálogo es la base de la película. Todos sus filmes poseen diálogos rápidos e ingeniosos y si el espectador no termina de conectar con esa forma de hablar corre el riesgo de perderse, y más aún si no sabe quién es Hemingway o Picasso.

“Medianoche en París” es una buena película, no excelente, pero tiene un aire original y desenfadado donde habla de cine, literatura, pintura, amor, mentiras, sueños y, sobre todo, de París.


Crítica - Vivir para siempre


¿Por qué se tienen que morir los niños?

“Vivir para siempre” cuenta la historia de Sam, un niño de doce años que padece leucemia y con poco tiempo de vida. Con su amigo Félix, en la misma situación que él, decide cumplir deseos antes de morir, deseos relacionados con una adolescencia que no podrá vivir. También escribirá un diario y hará vídeos para, como dice el título, vivir para siempre.

Gustavo Ron, el director, adapta una novela de Sally Nichols encarando con valentía no caer en los tópicos de este tipo de películas. El resultado no es para nada un melodrama lacrimógeno y sensiblero, sino que logra equilibrar todas las emociones del filme de forma agradable, optimista y amena de ver. No es una película dura e intensa, cargada de emociones, ni tampoco es una comedia banal que no se toma en serio el tema que trata. Se muestra un sentimiento sincero, sin caer en moralejas ñoñas ni pretenciosos discursos sobre la muerte.

El mayor acierto de “Vivir para siempre” es la naturalidad con la que los niños sienten curiosidad por el mundo que les rodea, buscando respuesta a sus inquietudes existenciales. Y esas preguntas sin respuesta son las que estructuran el relato a través de escenas medio oníricas, medio explicativas, hechas con recortes de papel y las escenas del vídeo-diario narradas en primera persona. Es magnífico, y a la vez paradójico, ver cómo la enfermedad y el sufrimiento es lo que fortalece a esta pareja de protagonistas.

Sin embargo, la película no es redonda. Tiene pequeños baches como el cambio repentino del padre, al principio distante ante la enfermedad de su hijo y que luego se vuelve más próximo. Tampoco la relación con otros personajes secundarios, como la prima de Félix está perfecta. En general, se podría decir que no logra emocionar todo lo que debiese debido a que los personajes secundarios son bastante más esquemáticos que el dúo protagonista. Pero el fallo más evidente tiene lugar en la estructura. Más o menos te puedes imaginar cómo acaba, y si añadimos a eso la ausencia de giros muy marcados, nos encontramos con una historia muy lineal.

Pero eso no quita el resultado final del filme: un buen guión que explora la inocencia de un niño con una enfermedad terminal viendo su parte más dura, pero sin prescindir de ese tono divertido y, a veces irónico, que suele tener el punto de vista de los niños. En definitiva: buen gusto, naturalidad y amabilidad ante un tema tan serio como es la muerte.

Escrita por Andoni Garrido Fernández